Tantos ceros que el número parece inventado para una portada de revista de negocios, y algo así sucede, ocho mil millones de personas respirando, comprando pan, perdiendo llaves, mirando pantallas, pensando que su día es único, hasta que se repite mañana.
8,000,000,000 es un golpe directo, porque ahí no hay mito de origen, hay presente absoluto.
Ocho mil millones de seres, cada uno convencido de que su tragedia es única, y sin embargo perfectamente sumable, graficable, reducible a un porcentaje en una infografía brillante que se carga en cinco segundos y se olvida en tres.
Es fácil perderse en la espuma de la estadística: porcentajes de natalidad, mapas de densidad, gráficas que se deslizan como si fueran olas suaves. Parece que nada va a pasar… hasta que te das cuenta de que estás en la misma curva que todos, bajando al mismo tiempo, sin salida de emergencia.
Ahí es donde la serie infinita deja de ser solo “números con carácter” y se vuelve numerología social torcida:
— El 8B como masa informe que se mide en PIB, CO₂ y trending topics.
— El cero como amenaza de extinción y también como descanso imposible.
— Los números grandes como pornografía de alta escala: cuanto más absurdos, más nos entretienen, nos excitan y asustan.
Ahí lo entiendes: la trampa no es estar contado, la trampa es pensar. Primero, pensar, después pensar, creer que lo que piensas es tuyo, tan tuyo que nadie lo pensó ni lo pensará jamás.
Hasta que lo ves repetido brillante en otros ojos, en otras bocas, y en un número que crece aunque jures que lo tuyo no se puede contar, pero ey, si lo piensas de nuevo, justo eso no es tan malo.