Tu cuerpo ya está en vertical, tu café ya hizo lo que pudo, y hasta la playlist de “ganas” cooperó con algo de dignidad rítmica. Pero ahí está el lunes, mirándote con cara de “ya es hora”, como si el fin de semana no hubiera sido apenas un parpadeo extendido entre siestas mal tomadas y decisiones emocionales como desayunar helado.

Abres los ojos, ahora sí, de verdad. Ya no es ese estado zombie-glamour en el que funcionas por instinto y antojo, ahora estás en modo persona-al-borde-de-ser-adulta. Recuerdas tu nombre, tu contraseña, tus pendientes, tu misión en la vida (mínimo sobrevivir con estilo) y, sobre todo, recuerdas que no hay más días comodines por ahora.

Y sí, es lunes. Pero no uno cualquiera. Es ese lunes que llega cuando por fin tenías algo de claridad, cuando ya habías hecho las paces con tus horarios, tu closet emocional y tu desayuno favorito. Ese lunes que te dice “vamos, tienes chance de hacerlo diferente… o igual, pero con mejor actitud.”

Así que decides vestirte de lunes con tu mejor intento de entusiasmo, le das play a esa canción que te hace sentir como si el mundo fuera tuyo (aunque sea en cámara lenta), y haces lo más importante: te lanzas, sin miedo y con glitter interno, directo a tu semana.

Porque si ya despertaste, que se note.

Y si ya es lunes otra vez, que sea hermoso aunque sea por terquedad.