Crónica breve de un alma que se conectó al WiFi, pero no a la realidad

Suena la alarma, o vibra, o tal vez solo la imaginaste, pero tus párpados se abren como quien abre una cortina sin mirar afuera. Estás de pie, sí, técnicamente. Te desplazaste hasta el baño, encontraste el cepillo de dientes por pura memoria muscular y no has dicho una palabra, pero llevas siete pensamientos, tres arrepentimientos y un debate interno sobre si hoy sí te dejaras invadir por la productividad. O si mejor sobrevives en silencio, estilo ninja existencial.

El cuerpo va por un lado, el alma por otro. Hay un desfase horario entre tus ganas y tus deberes, entre tus piernas que avanzan y tu mente que sigue en buffering. Revisas el celular como quien consulta un oráculo: clima, memes, noticias, horóscopo, notificación de esa app que juraste usar. Nada responde la pregunta principal: ¿esto paso o lo soñé?.. Ay criatura etérea de cobijas tibias.

Preparas café sin recordar si le pusiste azúcar. Tomas agua pero no sabes si ya habías tomado antes. Y cuando te das cuenta, ya llevas una hora en el mundo sin haber entrado realmente. Has abierto la puerta, pero no te asomaste. Has dicho “buenos días” a alguien, pero no sabes si fue en voz alta o solo en tu cabeza.

Y aun así, algo se mueve. Aunque sea despacito, sin glamour, sin epifanías. Una micro chispa que dice: “bueno, ya estamos aquí, qué más da”. Caminas. Respiras. Piensas en una playlist. Y sin darte cuenta, te estás despertando de a poquito, a tu manera, como una pestaña que decide despegarse del párpado después de horas de resistencia pasiva.

No todos los despertares hacen ruido. Algunos solo se notan porque dejaste de arrastrar los pies. Porque tu risa salió sin pedir permiso cuando leíste ese meme. Porque en medio de tanta niebla, ya encontraste tu taza favorita, y reconociste tu fuerza interior, o ella a ti, o algo asi… la, la, la.

En fin que lo de hoy cuenta como milagro, aunque sea chiquito.