Crónica no autorizada de un lunes que se desdobla como origami mojado

Todo comenzó con una sensación… No era sueño, no era cansancio, era rareza. Como si algo estuviera ligeramente fuera de foco, como si tu cuerpo hubiera despertado, pero tu conciencia se hubiera quedado haciendo fila en otra dimensión.

Te pusiste el calcetín izquierdo dos veces, el café sabía a pregunta existencial, y cuando abriste el correo, ya tenías tres reuniones que no recordabas haber aceptado.

Ahí empieza el arte. Porque los lunes raros no llegan gritando, llegan torcidos, vestidos de normalidad. El elevador se atora media planta, el celular se descarga en 17%, alguien te llama por otro nombre y tú respondes igual. Te ríes, claro, porque es eso o llorar en modo mudo.

A media mañana ya tienes una playlist emocional que incluye ruido blanco, nostalgia anticipada y ganas de huir a Cuernavaca. Todo se siente un poquito más absurdo, como si la semana entera viniera con subtítulos mal traducidos. Pero, extrañamente, funcionas.

Porque incluso en días así, algo en ti decide avanzar, con ropa arrugada, pestañas a medias y ánimo en modo prueba gratuita.

Al final, justo cuando ya estás por rendirte, pasa algo inesperado: alguien te sonríe. O te llega un mensaje bonito, o simplemente te das cuenta de que sobreviviste sin entender nada…, lunes raro, martes extraño, miércoles borroso, por ahora culpemos a las tormentas solares, independientemente de todo, cualquier día que consigues terminar con algún tipo de avance, es una victoria digna de ser celebrada.

Cualquier día que consigues terminar con algún tipo de avance, es una victoria digna de ser celebrada.