No es el café lo que se enfría, somos nosotros. La taza en la mesa, con esa capa delgada en la superficie, se vuelve espejo discreto del ritmo absurdo que llevamos. Alguien pensó en mil pendientes, corrió tras la agenda y, en el camino dejó perder lo único que podía darle calor en ese instante.
Afuera, la gente se mueve como si todo fuera urgente, como si el apuro fuera la coreografía oficial de la época. Adentro, la taza se queda quieta, paciente recordatorio de que el tiempo no siempre necesita perseguirse. A veces basta con dejarlo reposar, o con beberlo antes de que se pierda.
Quizá lo que falta no es más productividad, sino menos descuidos. Recordar que levantar la taza y darle un trago puede ser un acto de resistencia, un pequeño triunfo contra la velocidad que lo arrasa todo.
Una postal sencilla: la vida sabe mejor cuando no la dejas esperando.