Un pequeño altar descansa bajo la mano. El mouse, con su forma modesta, lleva la cuenta de miles de pulsos que no recordamos. Cada click es una chispa que abre puertas, cierra mundos, mueve piezas invisibles. Su constancia es tan natural que solo se nota su ausencia: basta dejarlo unos días para descubrir que también se le puede extrañar.

A través de él se deslizan horas completas: trabajo, juego, promesas de eficiencia y plataformas que cambian de rostro cada temporada. Lo urgente se disfraza de novedad, lo cotidiano de necesidad. Sin embargo, lo que nos sostiene es ese movimiento mínimo, ese roce que convierte la pantalla en territorio habitable.

Quizá el mouse no sea un objeto más, sino el dios secreto de la jornada: pequeño, incansable, fiel al pulso humano que lo convoca. Una divinidad de plástico que convierte el caos digital en un mapa navegable, y le regresa algo de control al día, algo de calma y soporte a nuestras vidas.

Cada click es una chispa que abre puertas, cierra mundos, mueve piezas invisibles.