Todo, todo se equivoca en algún punto
Como tú, como yo, como todo

Nos gusta pensar que las cartas lo saben. Que el mazo, en su baraja simbólica, guarda algún tipo de verdad que los días comunes no nos dicen. Que el arcano que aparece es el correcto. Que la casualidad tiene intención. Que la tirada refleja algo más profundo que nuestras propias ganas de que refleje algo.

Pero hay días en los que el tarot se equivoca. No porque no funcione, sino porque a veces no quiere funcionar. O peor: porque sí funciona, pero no para decirte lo que querías. Porque lo que aparece no es lo que es, sino lo que se desvió. Porque el azar, aunque ritualizado, sigue siendo azar.

Y como todo lo que contiene símbolos, también contiene margen de error humano. La bruja estaba cansada. El consultante mentía. El mazo estaba mal mezclado. El universo tenía prisa. O simplemente… ese día nadie supo leer.

El tarot no es una brújula infalible. Es más como un espejo empañado: refleja algo, pero hay que soplarle un poco, y lo que aparece también depende de la luz, del ángulo, de si ya te mojaste la cara antes de mirarlo.

¿Es error si no te gustó la respuesta?
¿Es fallo si no supiste formular bien la pregunta?

Tal vez se equivoca porque está vivo, igual que tú, igual que yo, igual que todo. Y como los vivos, a veces responde con ironía, con silencio o con torpeza.

Y eso también es verdad.
Una verdad con cartas caídas, símbolos contradictorios, intuiciones tartamudas.
Una verdad que no se deja atrapar, pero insiste en aparecer.
Incluso cuando no la entiendes.