Crónica del secuestro silencioso de recipientes que nunca regresan a casa, situación de tragedia doméstica que atraviesa generaciones.
Nadie habla, quizás por falta de valor, y por eso nadie se atreve a analizar el dolor verdadero de los hogares: la pérdida sistemática y permanente de los túpers.
Esos héroes de plástico que transportan amor en forma de guisado, que sobreviven microondas, congelador y derrames en carretera, acaban condenados a vivir exiliados, sin tapa compatible, en una alacena ajena donde no los quieren ni los usan.
El mecanismo es simple. Alguien te da comida “para que no andes gastando” o “porque hice de más”, y tú, ingenuo, aceptas. Lo comes, lo agradeces, pero después… no sabes qué hacer con el recipiente. Ahí comienza el abandono.
Hay quienes lo lavan y lo dejan en la esquina de la cocina “para devolverlo pronto”. Craso error, esa esquina es la antesala del olvido, porque después llega otro túper, y luego otro, cuando menos lo piensas, estás criando una colección de objetos que no te pertenecen, que no pediste, y que generan más culpa que utilidad.
Del otro lado, el legítimo dueño inicia su calvario silencioso, no va a pedirte el túper de regreso directamente, no al principio, porque eso sería admitir que le importa, pero lo va a mencionar, claro que lo va a mencionar, primero con rodeos:
“¿Sí te gustaron las albóndigas? El recipiente era de los buenos, ¿eh?”
Después, con nostalgia pasivo-agresiva:
—“Ay, cómo me gustaba ese túper. Ya ni hacen de esos.”
Y ya cuando la esperanza muere, con resignación amarga:
—“No, si ya me lo imaginaba…”
El punto culminante del drama ocurre cuando, meses después, decides regresar el túper. Pero ya no tienes claro cuál era, tomas uno que parece decente, lo llenas de arroz (como ofrenda) y lo entregas con cara de redención.
—“Ten, pa’ que no digas.”
Pero no es el túper correcto, nunca lo es, porque el túper original ya está en otra casa, reencarnado, huérfano.
Y así se mantiene el ciclo infinito.
En México, los túpers no desaparecen, se heredan, se transmutan, se fugan. Un mismo contenedor puede haber sido de cinco familias distintas, haber llevado mole, pozole, arroz con leche, caldo de res y, en su último viaje, un rompope cuajado.
Nadie sabe exactamente de dónde vienen, pero todos sabemos cuándo no son nuestros. lo sentimos, y aun así, los usamos. Porque también nosotros, en algún momento, nos apropiamos del túper de alguien más.