Siempre hay uno, o una, o unos cuantos, los que parecen tener relojes con zona horaria propia,
los que viven en otro huso, otro ritmo, otra dimensión.

Llegan cuando ya pasó lo importante, pero con la seguridad de quien cree que lo mejor empieza justo cuando llegan. A veces, con algo de razón.

Porque sí, a veces traen el chisme más fresco, la risa más contagiosa, o una anécdota que empieza con “perdón por la tardanza, pero…”. Spoiler: no hay disculpa, y tampoco hay perdón.

Lo curioso es que nunca piden disculpas reales. Solo un “perdón la demora”, ni un “se me hizo tarde” con cara de remordimiento. Solo entran con una sonrisa y, si acaso, un “¿ya empezaron?”
como si el mundo se hubiera puesto en pausa hasta su llegada.

Claro que uno les quiere, porque son divertidos, tiernos, caóticos y brillantes, pero también desesperantes. Uno ya tuvo tiempo de angustiarse, calcular mentalmente los minutos, mandar un “¿todo bien?” pasivo-agresivo y casi rendirse en el intento de esperar sin enojarse.

Pero ahí está el truco: uno no se enoja del todo, porque esa gente también tiene el don de hacer que se te pase, aunque no se te olvide.

Hay cosas que no cambian, como las reuniones que empiezan media hora después, los cumpleaños a los que llegan cuando ya partieron el pastel, las películas que se pierden del inicio y preguntan “¿qué pasó?”, los mensajes con “ya voy saliendo” que significan “me estoy bañando”.

Y aunque no lo digan, saben. Saben que llegan tarde, que hacen esperar, que uno se desespera pero al final los abraza igual.

Porque en el fondo, uno aprende a quererlos así: impuntuales, insolentes y entrañables.
Ell@s, bueno, algún día llegarán a tiempo. Tal vez al funeral de alguien que ya se fue antes,
pero eso sí, llegarán con flores bonitas.