Crónica breve de una madrugada donde no hacía falta comida, sino permanencia.
911 emocional, ¿cuál es su emergencia?
—Aquí Marea, en turno nocturno, especializada en contradicciones, sobredosis de ternura, y emergencias donde el corazón late más lento de lo que debería o explota más fuerte de lo que puede.
Recibido: hay silencio en la casa, luz azulada saliendo del refri, y la sensación incómoda de estar buscando algo que no existe en ningún estante.
Confirmo: el antojo no era hambre.
Portal 9 está abierto.
A veces lo único que quieres es que la noche no se acabe. No esta pasando algo extraordinario, solo algo se siente bien y no sabes qué es.
Entonces te levantas, vas a la cocina, abres el refrigerador y te quedas ahí, mirando, esperando, como si entre los tuppers y el hielo hubiera una respuesta que se te escapó en el día. Una forma de detener el reloj de alargar ese estado tibio entre el insomnio, la tranquilidad y el deseo.
No estás buscando leche, ni fruta, estás buscando más tiempo.
No lo vas a encontrar ahí, pero el frío en la cara, el zumbido eléctrico constante, el resplandor leve… te dan una excusa para seguir, para no dormir aun.
Hay noches que no deberían tener fin, en esas, cualquier gesto absurdo se vuelve ritual:
abrir el refri, volver a la cama, salirse de ella, poner esa canción, volver a empezar el loop.
Si alguna vez hiciste eso —buscar tiempo como si fuera un yogur que se quedó al fondo del estante— entonces sabes lo que se siente existir en silencio.
No hace falta explicarlo, solo dejarlo brillar un poco más.