No fui porque “me dolía la cabeza” pero en el fondo era emocional
Hay dolorcillos que no alivia el paracetamol, excusas que suenan tan creíbles que uno empieza a creérselas también.
Mentiras blancas, les dicen, de esas que no hacen daño, decimos. De esas que parecen algodón, pero también tapan la vista.
“Me dolía la cabeza”, dijiste. Y quizá era cierto, pero no solo eso, también era el cansancio mental de sostener la conversación, la ansiedad previa al encuentro, el miedo a no estar a la altura o simplemente el deseo silencioso de no salir. A veces el cuerpo reacciona cuando el cansancio, del tipo que sea, nos supera por completo.
Las mentiras blancas tienen textura emocional, se visten de físico para no tener que explicar lo otro. Lo que todavía no se sabe decir.
No se trata de falta de interés, ni de traición, es más bien una autodefensa social, una manera de parar sin decepcionar.
Pero también dejan rastro, porque cuando una mentira blanca se repite mucho, termina pareciéndose a una verdad incómoda. Y cuando no se dice lo que se siente, se acumula como lo que no se dijo.
No pasa nada por cancelar una salida, lo que pesa es mentirse a uno mismo más que a los demás.
Decir “no puedo” cuando en realidad podrías, pero no quieres, y está bien. Solo que estaría mejor si te lo dices claro, al menos a ti.