A veces, estar bien se parece demasiado a no hacer nada. A decir “no tengo ganas” y que sea cierto, no por tristeza, sino por claridad,
a quedarte en casa un viernes, no por desgano, sino de puro gusto, a no contestar de inmediato, no por flojera, sino porque nada urge.
Cuando por fin empiezas a sentirte más tu, más en control, ya no necesitas llenarte la agenda para distraerte, ya no sales con cualquiera para no aburrirte, ni haces planes para evitar pensar. Entonces llega la confusión: para los demás, parece que algo te pasa.
Estás menos disponible, menos visible, menos ruidosamente feliz, eso es justo lo que estás cambiando.
Estar bien no siempre brilla, a veces, es silencioso como una siesta sin culpa, como cerrar una pestaña sin terminar el mail, como dejar el chat en visto porque ya no necesitas explicar nada.
Se nota en lo que ya no toleras, en lo que eliges no repetir, en cómo pones límites sin escribirlos con marcador.
Sí: a veces estar bien se ve como flojera, pero en realidad es paz disfrazada de apatía para quien no sabe mirar.
Porque estar bien no siempre se ve bien, pero se siente mejor, y de eso se trata.