Ser de agua

El agua estaba aquí mucho antes que nosotros. Ha viajado por océanos, nubes, glaciares y organismos vivos; ha cambiado de estado, de temperatura y de lugar, sin dejar de participar en el mismo ciclo inmenso que sostiene nuestro planeta.

Es una molécula aparentemente sencilla, formada por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, pero su comportamiento es extraordinario. Sus propiedades hacen posible que regule la temperatura de la Tierra, transporte nutrientes además de participar en innumerables procesos que permiten la vida.

Sin embargo, solemos tratarla como si fuera infinita, como si abrir una llave no tuviera consecuencias y ensuciar un río fuera un problema que termina cuando dejamos de verlo.

Quizá nos haga falta recordar que el agua no nos pertenece. Nosotros somos quienes dependemos de ella.

La misma materia que hoy forma una nube pudo haber sido parte de un océano antiguo, de una planta, de un animal o de una cerveza que alguien bebió hace cincuenta años. No necesariamente la misma molécula en cada caso, pero sí parte de esa circulación eterna, constante de materia que conecta épocas, lugares y formas de vida.

El agua no necesita nuestra admiración para seguir su camino. Necesita que dejemos de confundir nuestra capacidad de utilizarla con el derecho a desperdiciarla.

Al final, somos pasajeros de un planeta que lleva miles de millones de años haciendo circular sus aguas.

Así, el agua cósmica, omnipresente, eterna casi se encarga de que nosotros, por un instante, aunque temporales también seamos agua.